28 January 2006

Apariciones Marianas

Creo que para entender un poco más de las enigmáticas manifestaciones religiosas conocidas como Apariciones, tanto de María como de Jesús, alrededor del mundo, debemos repasar rápidamente la raíz de éstos hechos.

Para ello los invito a viajar al pasado y tratar de entender un poco más, no a comprender, sino a entender lo que dio origen a éste fenómeno.

Veamos entonces algunas de las revelaciones hechas por Jesús y la Virgen María a la religiosa, estigmatizada alemana, Ana Catalina Emmerick, que vivió entre los años 1774 y 1824, y a la vidente Italiana María Valtorta, que vivió entre los años 1987 y 1961; referente a la vida de María.-

Las obras de ambas son un gran complemento de información referente a los pasajes incompletos que nos presenta la Biblia y al margen de contradecirlas, hacen que se entiendan mejor, podemos decir que eran las piezas que le faltaban a este gran rompecabezas. La Iglesia ha autorizado la publicación de estas manifestaciones por encontrarlas de origen sobrenatural y de un gran contenido teológico.

LA FAMILIA DE LA VIRGEN MARÍA

Los padres de Santa Ana (madre de la Virgen María, abuela de Jesús) se llamaron Ismeria y Eliud. Tuvieron 3 hijas: Sobé la mayor, Ana y Marahá la menor. Santa Ana fue llevada a la escuela del templo a los 5 años de edad, como después también lo fue la Virgen María.

Allí pasó 12 años, y a los diecisiete volvió a casa de sus padres. Un año después Ismeria; su madre, cayó mortalmente enferma. En su lecho de muerte exhortó a todos los suyos, y designó a Ana para que la sucediera en el gobierno de la casa. En seguida, habló a solas con Ana, le dijo que ella era un “vaso de elección”, que debía casarse y pedir consejo al profeta Orbe, y luego murió.

Al morir Ismeria, su esposo Eliud que vivía en Séforis, se mudó con sus hijas a Zabulón. Eran personas llenas de piedad y fervor y tenían un gran fundo de campo, en el cual había muchos animales con cuernos, pero nada de lo que poseían era para ellos únicamente: lo daban a los pobres. Ana no era de notable belleza, aunque más bella que otras muchas. Distaba mucho de tener la hermosura de María, pero se distinguía por su sencillez y por su sincera piedad.

Tenía muchas hermanas y hermanos casados. Ella no deseaba casarse. Sus padres la amaban con particular ternura. Seis jóvenes aspiraban a su mano, pero ella los rehusaba. Como lo habían hecho sus mayores, Ana fue a tomar consejo de los Esenianos
(comunidad a la cual pertenecieron todos los ascendientes de la Virgen María y que se caracterizaba por su vida de oración profunda, piedad, penitencia y sacrificio y en donde los esposos guardaban períodos de abstinencia conyugal como una forma de sacrificio o mortificación agradables a Dios). Allí se le dijo que se desposase con Joaquín, a quien entonces Ella no conocía, pero que la pretendía desde que su padre se estableció en Zabulón.

Ana y Joaquín se casaron y habitaron en casa de Eliud, padre de Ana. Muchos años vivieron allí los nuevos esposos. En ambos había algo de distinguido en sus maneras. Rara vez se les veía reír, aunque en los comienzos de su matrimonio no se hallaban precisamente tristes.
Su carácter era tranquilo y desde jóvenes parecían ya muy maduros. Sus padres eran bastante acomodados: poseían numerosos rebaños, bellas alfombras, menaje y vajilla suntuosos, y gran cantidad de sirvientes.

Eran piadosos, sensibles, benéficos y rectos. Con frecuencia dividían en tres porciones sus ganados y todo lo demás; una tercera parte del ganado daban al templo; daban la segunda parte a los pobres o parientes que lo pedían, los cuales casi siempre se hallaban presentes a la repartición. Para ellos dejaban la última parte, que era por lo común la menos importante.

Vivían muy modestamente y daban todo lo que se les pedía. La porción que ellos se reservaban crecía sin cesar, y pronto se aumentaba, de forma que nuevamente podían practicar una nueva división.

HERMANAS DE MARÍA

El primer hijo que Santa Ana tuvo en casa de su padres fue un aniña, que “no era el hijo de la promesa”. Los signos predichos no se descubrieron en su nacimiento. Ana quedó inconsolable. Era una niña amable, dulce y piadosa. Sus padres la amaban mucho; pero, les quedaba en el alma cierta desazón, porque conocían que no era el fruto bendito que ellos habían esperado de su unión.

Por mucho tiempo hicieron penitencia y vivieron separados el uno del otro. Ana llegó a ser estéril; lo cual ellos miraban como resultado de sus faltas, y les obligó a redoblar sus buenas obras. Los ví, dice Catalina, muchas veces cada cual por su parte, hacer fervientes oraciones y plegarias, vivir aparte por largos intervalos, dar limosnas y enviar víctimas al templo.

Joaquín y Ana deciden mudarse a unos terrenos que poseían en las cercanías de Nazaret. Intentaban renovar en la soledad, su vida conyugal y atraerse las bendiciones de Dios por medio de la conducta que fuera más agradable a sus Divinos ojos. Dejaron la casa paterna llenos de tierna emoción y piadosas resoluciones. María de Helí, la pequeña hija de Ana, como de seis o siete años entonces, los acompañó a su nueva morada y después regresó con los sirvientes y su abuelo Eliud, con quien permaneció.

Durante diecinueve años después del nacimiento de la primera hija, perseveraron los esposso en esa vida austera y en presencia de Dios; se abrazaban en deseo de la bendición prometida, y la tristeza invadía más y más sus almas. Hombres perversos venían a injuriarlos en su propia casa, diciéndoles; que debían ser malvados porque no tenían hijos; que la niña que estaba con el padre de Ana no les pertenecía; que Ana era estéril, y otras cosas de ese tenor. Estas palabras aumentaban la tristeza en los píos esposos.

Ana tenía la firme creencia y certidumbre interior que el advenimiento del Mesías estaba próxima, y que ella pertenecía a la familia en la cual había de nacer el Salvador. Oraba y pedía a grandes gritos que el cumplimiento de la promesa, y seguía, como también Joaquín, observando una pureza la más perfecta. El deshonor de la esterilidad la contristaba profundamente, y apenas podía presentarse en la sinagoga sin recibir algún baldón.

Habiendo sufrido Joaquín grandes injurias en la sinagoga, por la esterilidad con su esposa. Terriblemente acongojado se fue a los alrededores de Maqueronta, allí había una casa donde se reunían los Esenianos y a la cual entró en busca de consuelo y de consejos.

Joaquín se hallaba tan triste y avergonzado por la afrenta recibida en el templo, que no avisó a su esposa Ana donde se hallaba; pero, por otras personas que estuvieron presentes supo ella lo que su esposo había tenido que sufrir, y esto la afligió de un modo indecible. La ví muchas veces llorar con el rostro pegado al suelo, porque no sabía dónde se hallaba Joaquín, que por cinco meses permaneció oculto entre sus rebaños de Hermón.

Un día Ana oró suplicando fervorosamente a Dios que, ya que le había quitado la fecundidad, no la privase por más tiempo de su buen esposo Joaquín. Y he aquí que se le apareció un ángel del cielo; bajó como de la copa de un árbol que había, y le dijo que debía consolarse, porque el Señor había oído su oración; le mandó que al día siguiente fuese al templo con dos sirvientas, y llevase dos palomas para el sacrificio. Añadió que la oración de Joaquín había sido igualmente oída, que por otro lado iría él al templo con su ofrenda, y que ambos se encontrarían en la puerta dorada: el sacrificio de Joaquín sería aceptado, los dos bendecidos y ella conocería el nombre de su infante. Le dijo además que el había llevado igual anuncio a Joaquín y desapareció.

PREPARANDO LA CONCEPCION DE LA ELEGIDA

Ana gozosa en extremo, dio gracias a Dios por la bondad que con ella usaba. Entró a la cama, y con las sirvientas tomó las disposiciones necesarias para arreglar su marcha al otro día. Enseguida la vi acostarse, dice Catalina, para dormir, después de haber rezado.

Cuando Ana durmió algún tiempo, vi bajar del cielo hacia ella un rayo de luz, junto a su cama, se transformó en un joven resplandeciente: era un ángel del Señor, que le dijo que concebiría un santo niño. Después extendió el brazo por sobre ella y escribió en la pared grandes letras luminosas; era el nombre de María. Luego el ángel desapareció y junto con él la luz.

Durante ese tiempo, Ana estaba como bajo las impresiones de un sueño dulce y placentero, enderezase medio dormida sobre la cama, oró con grande fervor, y volvió a dormirse, sin haber visto cosa alguna con claridad. Pero, pasada la media noche, despertó muy contenta, como por efecto de una impulsión interior, y vio la escritura sobre el muro con una mezcla de temor y de alegría. Eran como letras encarnadas, doradas, luminosas, grandes y en corto número. Ana las contempló con júbilo y ternura increíbles, hasta que al romper la aurora, esas letras desaparecieron. Para ella todo se había esclarecido, y era tal su contento que cuando se levantó parecía completamente rejuvenecida.

En el momento en que el ángel vino sobre Ana, dice Catalina, ví bajo su corazón cierta cosa brillante, y conocí en su persona a la madre escogida, al vaso iluminado de la gracia que se aproximaba. No puedo explicar esto, sinó diciendo que reconocí en ella una cuna ornamentada, un lecho cubierto, un tabernáculo dispuesto para recibir y conservar dignamente una cosa santa. Vi que Ana, por la gracia de Dios, estaba preparada para recibir la bendición. No sé como expresarme dice la vidente, pero reconocí a Ana como el origen de la salud universal para la humanidad, y, al mismo tiempo, como un abierto tabernáculo de la Iglesia, ante el cual se ha descorrido el velo. También conocí esto naturalmente, y todo ese conocimiento era a la vez natural y celestial. Ana tenía entonces, cuarenta y tres años.

Ana se levantó, encendió su lámpara, oró y con sus ofrendas se puso en camino a Jerusalén. Todos sus domésticos se hallaban en esa mañana poseídos de una alegría desacostumbrada, aunque solo ella tenía conocimiento de la aparición del ángel.

Los sacerdotes de la Sinagoga los recibieron bien, pues habían sido advertidos de lo alto. Mientras quemaban incienso, vía a Joaquín en éxtasis, arrodillado y con los brazos extendidos. Vi una figura brillante, un ángel que se puso junto a él. Dióle un escrito en el cual leí en letras luminosas los tres nombres de Helia, de Hanna y de Miriam (Joaquín, Ana y María), y cerca de estos nombres vi la imagen de una pequeña Arca de la Alianza, o de un tabernáculo. Joaquín puso este escrito bajo sus vestidos sobre el pecho. El ángel le dijo que su esterilidad no le era humillante, sino gloriosa, porque lo que Ana iba a concebir debía ser el fruto Inmaculado de la bendición de Dios sobre él, y el coronamiento de la bendición de Abraham.

El ángel le dijo que la concepción de Ana sería tan pura, como terso había quedado un globo brillante que le había presentado para que lo soplara.

En seguida vi al ángel marcar o ungir la frente de Joaquín con el índice y el pulgar, hacerlo comer de un alimento luminoso que el ángel tenía con dos dedos. La copita tenía la figura del cáliz de la Santa Cena, pero era sin pie. Me pareció que el ángel le introducía en la boca una pequeña espiga de trigo y un racimito de uvas luminosas, y por esto conocí que la concúpiscencia e impureza, frutos del pecado, habían sido arrancadas de él.

Me fue revelado que Joaquín recibió con ésta bendición el fruto definitivo y el cumplimiento propiamente dicho de la promesa hecha a Abraham, bendición de la cual debía salir la Concepción Inmaculada de la Virgen María a aplastar la cabeza de la serpiente.

Joaquín en el santuario cayó arrebatado en éxtasis. Cuando Joaquín volvió en sí, apareció luminoso, lleno de fuerzas y como rejuvenecido.

CONCEPCION DE MARÍA

Ana y Joaquín se encuentran en la puerta dorada radiantes y llenos de gozo, se abrazan en un movimiento de santa alegría, y se comunican su dicha; estaban arrebatados en éxtasis, y circundados de una nube brillante. Esta luz venía de una multitud de ángeles que llevaban una torre luminosa, y se balanceaban sobre Ana y Joaquín. Era esa torre como la de David, la torre de marfil, la vi como desaparecerse entre Ana y Joaquín, y un rayo luminoso los envolvió.
Entonces ví que, a consecuencia de una gracia especial de Dios, la concepción de María fue tan pura como toda concepción habría sido sin el pecado original. En ese tiempo tuve una intuición que no puedo explicar. El cielo se abrió sobre los esposos: vi el júbilo de la Santísima Trinidad y de los ángeles, y la parte que tomaban en la bendición misteriosa otorgada a los padres de María.

Ana y Joaquín marcharon alabando a Dios hasta la salida, bajo la puerta dorada. Al llegar a Nazaret hicieron un festín de regocijo, dio de comer a muchos pobres, y repartió cuantiosas limosnas; los vi orar frecuentemente con los ojos bañados en lágrimas.

NACIMIENTO DE MARÍA

Veo a Ana que sale del huerto, dice María Valtorta. Se apoya en el brazo de una mujer que debe ser parienta suya, pues se le parece. Está muy gorda y parece como si le faltase el aire.

Aunque el huerto está lleno de sombra, sin embargo, el aire quema, ahoga. Un aire que se podría cortar como si fuese una pasta muelle y caliente, tan denso se siente.

Joaquín está junto a la hilera de árboles y de los olivos. Con él hay hombres que le ayudan a trabajar en unas zanjas para llevar agua a las plantas muertas.

“La casa está que arde como horno”. El único sufrimiento de estas horas antes de que dé a luz es la falta de agua.

El agua que tanto han deseado y que desde hace tres días no ha llegado, y los campos se queman.

De pronto las nubes que se juntaban y luego desparecían parecen venir en serio, se apresuran a entrar en la casa, empujados por el fuerte viento. El firmamento se oscurece y estremece ante un temporal que se acerca.

Joaquín habla con los trabajadores de esta agua que tanto tiempo habían esperado y que es bendición para la tierra muerta de sed.

La alegría se torna en temor porque se echa encima una violentísima tormenta con rayos y nubes preñadas de granizo. “Si las nubes se rompen, la uva, y las aceitunas serán pasto de ellas. Y ¡ay de nosotros!.

Pero Joaquín tiene otro temor y es que a su esposa le ha llegado la hora de dar a luz. Su parienta le da fuerzas diciendo que Ana no sufre en realidad. Pero él no sabe que hacer, y cada vez que la parienta u otras mujeres, entre las que está la mamá de Alfeo, salen de la habitación de Ana para entrar nuevamente con agua caliente y lavamanos y trapos secados a la llama que alegre brilla en medio de una amplia cocina, les pregunta, y no se calma con lo que le dicen. Que Ana no de ningún grito también le preocupa. Dice: “Soy varón y nunca he visto dar a luz, pero me acuerdo que oí decir que cuando no se oyen gritos agudos, es fatal!.

Ha llegado un aguacero torrencial y la tarde ha caído, vientos, rayos. Uno de los trabajadores hace notar esta violenta tempestad diciendo: “Parece como si Satanás haya salido con sus demonios del infierno ¡Mira qué negras nubes. Mira como huele a azufre, y cómo se oyen como silbídos, gritos de lamento, gritos que maldicen, Si es él de hecho esta noche está muerto de rabia”.

El otro compañero se ríe y dice: “Se le habrá escapado una gran presa o bien San Miguel le ha echado encima rayos de Dios, se le han quebrado los cuernos y la cola se le ha cortado, y arde en el fuego”.

Una mujer que pasa corriendo grita: ¡Joaquín! ¡Está por nacer! ¡Todo va bien!.

El temporal cesa de pronto, después de un rayo tan fuerte que arroja contra la pared a los tres hombres y delante de la casa, en el huerto, se queda como recuerdo un hueco negro que despide humo. Entre tanto el gritito, que parece el lamento de una tortolita que por primera vez no pía sino arrulla, se oye de aquella parte de la puerta de Ana, un hermoso arco iris alarga su faja semicircular en el curvo cielo; se levanta, o por lo menos así parece, de la cresta del Hermón, que una lengüeta de sol besa, y que parece estar teñida de un alabastro blanquísimo con tinte de color rosa delicadísimo, se levanta hasta el más hermoso cielo de septiembre, y atravesando espacios limpios de toda suciedad, sobrepasa las colinas de Galilea, y la llanura que se ve entre dos higueras.

Parece como si uniese en un solo cinto toda la tierra de Israel. Pero ved también. Hay allá una estrella, aun cuando el sol todavía no se ha puesto ¡Qué estrella brilla como si fuese un enorme diamante. Y la luna esta llena, aún cuando le faltan tres días para serlo.

Las mujeres se acercan contentísimas con un pedazo de carne de color rosa envuelto en blancos lienzos

¡Es María, la Mamá! Una María pequeñita que puede dormir entre los brazos de un niño; una María que no es más grande que un brazo, una cabecita de marfil teñido de un tenue color rosa, con unos labios de carmín que no lloran más, pero que instintivamente se mueven como para mamar, tan pequeños que no puedo comprender como logra mamar, una nariz pequeña entre dos mejillitas redondas; y cuando le pican para hacerle abrir sus ojitos, dos pedazos de cielo, dos puntitos inocentes y azules que ven y no miran, protegidos por dos cejas hermosas de color rubio-rosado de cierta miel que parece blanca. Sus orejas son dos conchitas rosadas y transparentes, perfectas. Sus manitas… ¿qué cosa es eso que se mueve por el aire y luego va a la boca? Están cerradas y parecen dos botones que se hayan abierto paso entre el verdor de sépalos.

¿Y los piececitos? ¿Dónde están? Están escondidos entre los lienzos de lino. La parienta se sienta y los descubre, no más de cuatro centímetros de largo. Su planta es una conchita de coral. ¿Cómo se las arreglarán esos piececitos, dice Maria Valtorta para caminar por ásperos senderos, aguantar un inmenso dolor bajo la cruz?

Pero ahora esto no se sabe, y se ríen y se sonríen al verla extender sus manitas, y patalear, de sus piernecitas entornadas, de sus muslitos tan gorditos, y bajo el lienzo se ve el movimiento que hace al respirar y se oye, si como su padre feliz ahora hace, que apoya su boca sobre su cuerpecito, palpitar su corazoncito. Un corazoncito que es el más hermoso que haya nacido en los siglos: el único corazón inmaculado de hombre alguno.

De su padre, tiene el color de la piel, de los ojos y también de los cabellos, que si ahora están blancos, en su juventud ciertamente fueron rubios como lo muestran las cejas. Viendo a Ana comprendo que dio su estatura y el color de la piel a su nieto Jesús.

María no tiene ese aire de grandiosidad de Ana, sino el donaire de su padre.

Ahí está en los brazos de su padre, Ella, la Casta, la Inmaculada a la cual ningún hombre jamás verá desnuda, este botón de lirio jamás se abrirá sobre la tierra, y que producirá una flor más bella que ella misma.

Las mujeres hablan de la tempestad y del prodigio de la luna, de la estrella, del inmenso arco- iris. Ana sonríe a un pensamiento suyo: “Es la estrella” dice. “Su señal está en el cielo”.

¿la llamas María?
“Sí, María, estrella, perla, luz y paz”. Pero también quiere significar amargura.. ¿No tienes miedo de pronosticarle desventuras?

Dios está con ella. Es suya antes de que existiese. El la conducirá por sus caminos y toda amargura se cambiará en miel del paraíso. Ahora eres de tu mamá, por un poco de tiempo, antes de que seas toda de Dios”.

Veamos como la historia conserva el retrato de esta hermosa niña que una vez convertida en Mujer, da a luz al Hijo de Dios;

En tiempos de Tiberio, surgió en Jerusalén la figura de un predicador de origen humilde que cambiaría para siempre el destino de la humanidad.

Su nombre, Jesús. Había nacido en Belén de Efrata, bajo el reinado de Augusto, Emperador Romano y vivido en Nazareth.

Durante su edad adulta, se proclamó a sí mismo El Mesías y el hijo de Dios. Todos ya sabemos que en aquella época de opresión su pueblo soñaba con el advenimiento del mesías, es más, podemos darnos cuenta a través de la historia que esa profecía los mantenía unidos y con deseos de seguir viviendo.

Muchos se proclamaban “los escogidos”, pero ninguno tuvo la fuerza y energía que derrocho éste hombre. Pero ¿qué tenía Jesús, que lo hacía especial y diferente del resto?.

A continuación compartiré con ustedes un pequeño documento que guardo conmigo desde el año 1993 aproximadamente el cual nos podría ayudar, tal vez, a saber algo más de su mística figura y la de su madre.

Este es un extracto de una carta dirigida al Senado Romano, enviada por PUBLIO LENTULO, Procónsul Romano en Judea a Tiberio Emperador.


PUBLIO LENTULO A TIBERIO EMPERADOR,
SALUD:

“Ve, Oh Majestad, la respuesta que tú deseas. Ha aparecido en Judea un hombre dotado de un poder extraordinario. Se llama el GRAN PROFETA; sus discípulos le llaman el Hijo de Dios, su nombre es JESUCRISTO (Jesús-Cristo).
Cada día se oye referir cosas maravillosas de este Cristo que resucita a los muertos, sana toda enfermedad y conmueve a Jerusalén por su doctrina extraordinaria…
Tiene un aspecto majestuoso, y una figura real, llena de suavidad, de manera que cuantos le ven, se sienten atraídos a amarle y creen en El.
Se dice que su rostro, con barba partida por medio, es de una belleza incomparable, que nadie puede mirar fijamente sin sentirse conmovido.
Por sus rasgos: ojos azules, cabellos castaño claro, se parece a su MADRE, que es la más bella y atractiva figura que se ha visto en estos contornos.
Su lenguaje puro, preciso, grave, irreprochable, es la expresión más grande de la virtud, de una ciencia que sobrepasa a la de los más grandes genios.
En sus reproches y en sus censuras, es formidable; en sus enseñanzas y exhortaciones es dulce, amable, atrayente, irresistible…
Va con los pies descalzos y la cabeza descubierta; de lejos parece insignificante, pero en su presencia se tiembla a la vez que se le ama, y desconcierta los planes de sus enemigos…
No se ha visto Jamás reír; pero se le ha visto llorar…
Todos los que se le han acercado, dicen que han recibido salud y beneficios; sin embargo, YO SOY TESTIGO de que algunos dicen que El ofende grandemente a tu majestad, porque afirma públicamente que los reyes y los mendigos son iguales delante de Dios…
Manda que he de hacer. Tu serás prontamente obedecido”.


P. LENTULO,
Procónsul Romano en Judea


Sin lugar a dudas que los postulados de Jesús eran toda una “Revolución” para esos tiempos, para muchos sus palabras constituían un abierto llamado a la liberación física de la opresión de Roma, es decir, la declaración de Guerra a Roma, sin embargo, la confianza y esperanza que proyectaba eran suficientes para sus seguidores, quienes desafiaban las disposiciones del Sanedrín y las de Roma.

Fue acusado de blasfemar y condenado a morir crucificado.

Este episodio de la elección por parte del propio pueblo judío entre Barrabás y Jesús es francamente doloroso. Dos hombres con los mismos propósitos, liberar a su pueblo, pero por distintos caminos, métodos y armas. El pueblo judío nunca entendió que la única forma de liberarse de las ataduras de Roma era dándose cuenta que los romanos no eran dueños de sus corazones, de sus sueños, ni de sus almas, pero me imagino que las mentes no estaban disponibles para ver las cosas desde ese punto de vista. Dicen que el gran secreto de las victorias de las grandes batallas es recordar que nuestra mente y corazón son libres, de volar, de soñar y de esperar.

Parece con éste claro ejemplo quedar demostrado que la justicia impartida por el hombre es más efectiva, rápida y justa, según nosotros mismos, claro está.

Muchos de los que gritaban el nombre de Barrabás en la multitud habían sido favorecidos por la generosidad de Jesús, pero eso no bastó, peso más la pasión desenfrenada del momento, una opción violenta y suicida, ya que debemos recordar que si bien los judíos eran buenos guerreros, eran superados en número por los agentes Romanos, que el propio amor de un hombre por su pueblo.

Pero bueno, no nos alejemos del tema que nos convoca. Los apóstoles de Jesús recibieron la misión de difundir su doctrina a todo aquel que quisiese escucharla. La fe de ellos se basó en la absoluta creencia de la Resurrección de Cristo, ya que sus discípulos aseguraron haberlo visto después de su muerte.

Los cristianos, nueva corriente religiosa, fueron perseguidos durante 250 años. Desde este preciso momento nace una nueva forma de comunicación con Dios mediante la utilización de la oración de una forma más personal y el sacrificio para obtener los frutos requeridos.

Innumerables fueron los que ganaron el título de mártires (1), que prefirieron morir antes que renegar de las enseñanzas del Cristo.

Toda una línea de nuevas figuras que constituyen ejemplos de vida para la humanidad. En esta intervención directa de Dios para con el hombre la persona de María, fue y es fundamental, en las bases de la Iglesia y su futuro. Se transforma en medianera, entre su hijo y sus seguidores, un puente entre los deseos de su hijo y la misión de los apóstoles, un apoyo necesario para los cristianos, acompaña, es fuente de fuerza para seguir adelante y sortear los obstáculos de persecución en aquellos tiempos, estimula la confianza en las enseñanza de Cristo y ella misma es un testimonio viviente de aquello.

Luego de la muerte de María, la Iglesia lucho muchísimo por evitar que su figura fuese objeto de adoración convirtiéndola con ello en una diosa. Felizmente eso no ocurrió.

MUERTE DE MARÍA

Cuando María sintió acercarse su fin, tenía 63 años de edad. Cuando nació Jesús tenía sólo 15 años.

María realizaba diversos ejercicios espirituales, encargados por Jesús antes de la Ascensión, él había enseñado a María, en la casa de Lázaro en Betania, como debía llamar a los apóstoles junto a ella y darles su última bendición que debía ser de gran provecho para ellos. Todo ello, debía ser cumplido para luego de su muerte reunirse con su hijo.

Mediante la oración de María, los ángeles recibieron el encargo de avisar a los apóstoles dispersos que se juntaran en Efeso junto a la Virgen María.

La casa de María era muy particular, era de madera entrelazada, por detrás terminaba en triángulo, tenía un oratorio y altar para los divinos oficios.

Pedro estaba recostado junto a una pared cuando el ángel tomó la mano y le dijo que se levantase y partiera hacia donde esta María.

Pedro, Andrés y Juan fueron los primeros en llegar a la casa de María la cual ya estaba próxima a la muerte.

Estaba tendida en el lecho de su habitación. Los discípulos llevaban todos las vestiduras blancas de sacerdotes, cerrada por delante con cuerdas de cuero, formando rodetes (2) como botones.

Algunos lloraban de alegría y de emoción al verse otra vez. Luego, se acercaron con reverencia y respeto al lecho de María para saludarla. La Virgen no dijo mucho.

Los primero que había llegado, arreglaron en la parte anterior de la casa, un lugar para celebrar la misa y orar. Se preparó un altar con tela roja y encima otra blanca donde colocaron un crucifijo que parecía de madreperla. La cruz era como la de Malta. Esta cruz era como un relicario, pues se podía abrir y tenía cinco compartimientos en forma de la misma cruz. En uno, el del medio, estaba el Santísimo Sacramento; en los otros estaban el crisma (3), el aceite, el algodón y la sal. Sobre el altar ardían velas, no lámparas.

Antes de la celebración de la Misa, María sentada en su lecho y con las manos cruzadas sobre la cabeza de cada apóstol, los bendijo. Habló la virgen a todos y esto lo hizo según lo había mandado Jesús en Betania.

María llamó a Juan y le dijo lo que debía hacer con su cuerpo y que sus vestidos debía repartirlos entre su criada y las otras mujeres que venían a ayudarla.

Durante la Misa, oficiada por Pedro, María se mantuvo en un profundo silencio y estado de recogimiento, sentada en su lecho. Pedro dio la Extremaunción, como se hace hoy, a María y luego le llevó la Comunión a María. Los demás se dispusieron en dos hileras desde el altar al lecho de la virgen y se inclinaron al paso del Sacramento. Juan le administró el cáliz sagrado, éste cáliz era pequeño de color blanco, como fundido, y se parecía al de la Ultima Cena. Su pie era tan corto que sólo con dos dedos se podía sostener. Pedro llevaba sobre su vestidura sacerdotal blanca, un palio (4) rojo y blanco y la gran capa. Los cuatro apóstoles que le asistían estaban revestidos de sus capas de fiesta.

Después de que María comulgara, Pedro dio la comunión a los demás. Durante éste acto llegó Felipe, que venía de Egipto. Recibió llorando la bendición de María y luego la Sagrada Comunión.

Luego de la comunión, María no habló más. Tenía vuelto hacia arriba su rostro, hermoso y fresco, como en su juventud.

TRÁNSITO DE MARÍA

Según las visiones de la estigmatizada religiosa alemana Catalina Emmerich; “Una senda de luz dibujó desde María hacia la Jerusalén celestial y hasta el trono de la Santísima Trinidad. A ambos lados de esta senda luminosa había caras de innumerables ángeles. María levantó sus brazos hacia la celeste Jerusalén y el cuerpo se levantó tan alto sobre el lecho, que yo veía perfectamente todo lo que había debajo. Parecía que salía de ese cuerpo una figura resplandeciente que extendía sus brazos hacia lo alto. Los dos coros de ángeles cerraron por debajo ese nimbo (5) de luz y subieron en pos del alma de María, separada de su cuerpo, que se inclinó suavemente, con los brazos cruzados sobre el pecho, en la cama desde la cual se efectuó su dichoso tránsito. Muchas almas de santos, entre las cuales reconocí a varias, vinieron a su encuentro. Allí estaban José, Ana, Joaquín, Juan el Bautista, Zacarías e Isabel. María se elevó entre estas almas hasta el encuentro de su divino Hijo, cuyas llagas brillaban más que la luz, envolviéndolo todo. Jesús recibió a su madre y le entregó el cetro, señalando el universo a su alrededor. En el mismo momento he visto algo que mucho me consoló; salían muchas almas del Purgatorio en dirección al Cielo. Tengo la seguridad de que cada año, en el día de su Asunción, muchas almas devotas de María reciben la liberación de sus penas y suben al Cielo. El cuanto a la hora del tránsito de María, se me indicó que era la hora nona (6), en la cual murió también su divino Hijo. Pedro y Juan deben haber visto esta glorificación de María, pues noté que tenían los ojos elevados a los cielos, mientras las demás personas estaban postradas inclinadas hacia la tierra.

El cuerpo de María estaba resplandeciente, como en tranquilo reposo, con los brazos cruzados sobre el pecho, y tendido en su camilla, mientras los presentes, de rodillas, oraban con fervor y lágrimas en los ojos.

Más tarde las santas mujeres cubrieron el cuerpo con una sábana. Reunieron todos los objetos de uso en una parte y lo taparon todo, hasta el hogar. Luego se cubrieron con sus velos y oraron largo tiempo, ya de rodillas, ya sentadas, en la primera sala. Los apóstoles se cubrieron la cabeza con la capucha que traían y se ordenaron para rezar en coro. Dos de ellos se hincaron a la cabecera y a los pies del lecho. He visto que durante el día se turnaron cuatro veces y que los apóstoles recorrieron el Vía Crucis de María”.

SEPULTURA DE MARÍA

Mientras tanto Andrés y Matías estaban ocupados en preparar la sepultura, la cueva que María y Juan habían dispuesto como sepulcro de Jesús al final de las estaciones del Vía Crucis.

Esta gruta no era tan grande como la de Jesús. Tenía apenas la altura de un hombre y delante un jardincito cercado con estacas. Un sendero llevaba hacia la gruta donde había una piedra ahuecada para recibir el cuerpo, con una pequeña elevación donde descansaría la cabeza.

La estación del monte Calvario estaba en la colina de enfrente; no había allí una cruz visible, sino sólo grabada en la piedra. Andrés, especialmente, trabajó mucho en esta obra, y colocó una puerta delante del sepulcro.

El sagrado cuerpo fue preparado por las santas mujeres para la sepultura. Entre estas mujeres, dice Catalina, recuerdo a una hija de Verónica, y a la madre de Juan Marcos. Trajeron hierbas olorosas y esencias, y procedieron al embalsamamiento de acuerdo con la costumbre de los judíos. Lo hicieron con el mismo cuidado con que habían tratado el sagrado cuerpo de Jesús.

El cuerpo sagrado de María fue colocado con su vestidura en un canasto, hecho según la forma del cuerpo, de tal modo que éste sobresalía del cajón. El cuerpo era blanco, luminoso, tan liviano y espiritualizado que se levantaba con toda facilidad.

El rostro era fresco, rosado y juvenil. Las mujeres cortaban el cabello para conservar reliquias de la Virgen. Pusieron plantas olorosas en torno al cuello y la cabeza, bajo los brazos y en las axilas.

Antes de que pusieran sobre el cuerpo revestido de blanco, otras telas blancas para envolverlo todo, San Pedro celebró, delante del sagrado cuerpo, la santa Misa, y dio a los apóstoles la comunión. Después se acercaron Pedro y Juan con sus capas magnas de fiesta. Juan sostenía un recipiente con aceite y bálsamo, y Pedro ungió todavía, en forma de cruz y con oraciones, la frente, las manos y los pies del cuerpo sagrado y luego las mujeres lo envolvieron todo con sábanas blancas.

Sobre la cabeza pusieron una corona de flores blancas, rojas y azul-celestes, como símbolo de su virginidad. Sobre el rostro pusieron un género transparente, de modo que se pudiera ver la cara.

Preparado el cuerpo sagrado, fue puesto finalmente en un cajón de madera blanca, con una tapa que por arriba, por el medio y por debajo se podía sujetar al cajón. Este cajón se colocó sobre unas andas. Todo se hizo con cierta solemnidad y emoción tranquila; el duelo también fue con mayor exterioridad y muestras de dolor que en la sepultura de Jesús, donde hubo mezcla de miedo y de apresuramiento por causa de los enemigos.

Para llevar el sagrado cuerpo hasta la gruta, como a media hora de camino, procedieron de este modo: Pedro y Juan levantaron el cuerpo de sobre las andas y lo llevaron hasta la puerta de la casa. Allí, puesto de nuevo sobre las andas, lo cargaron en sus hombros. Seis de ellos se alternaban en llevar el sagrado depósito. El sagrado cuerpo colgaba de entre las barras de las andas, corridas entre correas y esteras (7), como una cuna. Delante de esta procesión iban parte de los apóstoles rezando y las santas mujeres detrás, cerrando el cortejo. Llevaban antorchas metidas en unas calabazas y levantadas sobre palos largos.

Llegados a la gruta depositaron las andas. Los apóstoles introdujeron el cuerpo y lo depositaron en el hueco cavado de antemano. Todos desfilaron una vez más delante de los sagrados despojos para rezar y honrarlos. Luego cubrieron toda la sepultura con una estera. Delante de la gruta cavaron un hoyo y trajeron una planta bastante grande con sus raíces y sus bayas, la plantaron profundamente y la regaron abundantemente para que nadie entrara por delante en la gruta. Sólo podía llegarse a ella por los lados, por entre los matorrales.

Hasta aquí estas hermosas visiones, reveladas a estas videntes, con el fin de poder ir completando partes de la historia que a muchos nos intriga de sobremanera. Es lamentable como textos históricos han suprimido mucha información al respecto, dando así paso a la fantasía y leyenda.

Las revelaciones entregadas a Ana Catalina Emmerick, han sido acogidas y aceptadas como verdaderas por la Iglesia Católica, al igual que los escritos de María Valtorta, es necesario leerlos con mucha atención y por supuesto tomarlo con mesura. Si bien es cierto aportan conocimiento de situaciones y escenas no escritas por ningún apóstol directamente, los detalles en los relatos son francamente asombrosos y no desmienten a la época. Bueno cada uno de ustedes sacará sus propias conclusiones.

Para continuar con el enigma mariano nos trasladaremos a la parte más fascinante de la devoción, me refiero a la Asunción de María.

LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
En la noche de la sepultura, dice Catalina, sucedió la Asunción de la Virgen al Cielo con su cuerpo. He visto a varios apóstoles y mujeres esa noche rezando ante la gruta o, mejor dicho, en el jardincito delantero. He visto bajar del cielo una senda luminosa y tres coros de ángeles rodeando el alma de María, que venía resplandeciente a posarse sobre la sepultura.

Delante del alma venía Jesús con sus llagas luminosas. En la parte interior de la gloria donde estaba María, se veían tres coros de ángeles. La más interior parecía de caras angelicales de niños pequeños; la segunda hilera eran caras de criaturas de seis a ocho años, y la más exterior era de jóvenes. Sólo se distinguían bien sus rostros. El resto del cuerpo era como una estela luminosa algo interminada. En torno de la forma de la cabeza de María había una corona de ángeles. No podría decir que es lo que veían los presentes; yo sólo veía que miraban hacia arriba, llenos de admiración y emoción. A veces, llenos de maravilla, se echaban con los rostros al suelo.

Cuando esta aparición se hizo más clara y se posó sobre el sepulcro, se abrió una senda desde allí con su cuerpo, resplandeciente de luz, y se dirigió triunfante, con el angélico acompañamiento, a la celeste Jerusalén.

Días después, estando los apóstoles rezando en coro, llegó el apóstol Tomás con dos acompañantes. Era uno el discípulo Jonatán Eleazar y un criado del país de los Reyes Magos (8). Tomás quedó muy afectado al oír que María había sido ya depositada en el sepulcro. Lloró amargamente y no podía consolarse de haber llegado tan tarde. Con su discípulo Jonatán se echó de rodillas, llorando muy afligido, ante el lugar donde había sido el tránsito de María. También oró delante del altar allí erigido.

Los apóstoles, acudieron a consolarlo con cariño, lo abrazaron y le ofrecieron pan, miel y alguna bebida. Después lo acompañaron llevando luces al sepulcro. Dos discípulos apartaron las ramas del arbusto. Tomás y Eleazar oraron delante del sepulcro. Juan abrió las tres pretinas que cerraban el cajón. Dejaron la tapa de un lado y vieron, con gran maravilla, el sepulcro vacío.

Sólo estaban allí las sábanas y las telas con las que habían envuelto los sagrados restos. Todo estaba en perfecto orden. La sábana estaba corrida por la parte del rostro y abierta por la parte del pecho. Las ataduras de brazos y manos aparecían abiertas, puestas en buen orden.

Los apóstoles alzaron las manos en señal de gran admiración, y Juan grito: “No está más aquí”.

Los demás se acercaban, miraban, lloraban de alegría y admiración; oraban con los brazos levantados y los ojos en lo alto, y se echaban al suelo pensando en la luz que habían visto la pasada noche. Luego tomaron los lienzos y el cajón consigo, como reliquias, y llevaron todo hasta la casa, orando y cantando salmos de acción de gracias.
Cuando llegaron a la casa, puso Juan las telas dobladas delante del altar. Tomás y los demás rezaban. Pedro se apartó un tanto, preparándose para los misterios. Luego celebró la Misa delante del crucifijo de María, y a los demás apóstoles detrás de él, en orden.

Antes de separarse los apóstoles para volver a sus respectivos países, fueron a la sepultura, y cavando y echando tierra e impedimentos hicieron imposible el acceso a la gruta. De una parte de ésta dejaron un acceso hasta la pared con un pequeño boquete para mirar adentro.

Sobre la gruta erigieron una capilla con maderas y esteras, cubierta con colgaduras. El pequeño altar interior era de piedra con una grada también de piedra. Detrás del altar colgaron una tela donde estaba bordada la imagen de María en su vestido de fiesta.

El jardincito fue transformado, como asimismo las estaciones del Vía Crucis y recorrido entre rezos y cánticos. El espacio donde había tenido María su Crucifijo, su altar y su dormitorio fue transformado en Iglesia. La criada de María ocupó la pieza delantera y Pedro dejó allí a dos discípulos para cuidar a los cristianos que vivían en los contornos.

Los apóstoles se despidieron, después de abrazarse una vez más y de haber celebrado la Misa en la pieza de María.

En la casa sólo queda Juan Evangelista; los otros han partido. Ví a Juan, en cumplimiento de la orden de la Virgen María, repartiendo sus ropas a su criada y a otra mujer, que venía con frecuencia a ayudar en los quehaceres de la casa.

Catalina pudo ver que; en el armario Juan encontró algunos objetos procedentes de los tres Reyes Magos. Vi dos largas vestiduras blancas, varios velos, colchas y algunas alfombras. Vi también aquel vestido listado que María había llevado en las bodas de Caná y que se ponía cuando hacía el Vía Crucis. Algo de ello fue a la iglesia. Con el hermoso velo nupcial celeste, bordado de oro y sembrado de rosas, se hizo un adorno sacerdotal para la Iglesia de Betesda. En Roma quedan todavía reliquias de esta prenda.

Podemos imaginarnos el gran dolor por parte de aquella comunidad cristiana, al perder la compañía física en esos momentos de la madre del Hijo de Dios. María en todo momento representó y pasó a tomar el cargo de madre de cada uno de los apóstoles y discípulos de Jesús. Su figura amable, amorosa, siempre dispuesta a consolar y estimular el crecimiento de la doctrina cristiana, fueron sin lugar a dudas fundamentales para que ellos se mantuvieran unidos y en movimiento.

Sabemos que por distancias no todos pudieron estar en los últimos momentos de María y recibir su bendición, como Jesús le había solicitado. En este acto aparentemente tan sencillo, podemos darnos cuenta la enorme importancia que tenía y tiene la figura de María, aún para su Hijo. El con esta petición la consideró y demostró así que su madre era una pieza fundamental en su plan redentorista. ¿Por qué?, preguntarán muchos y yo también lo hacía, bueno creo que las cualidades con que María fue creada la hacía y hacen de ella una creatura excepcional, una fortaleza inmensa sacada del centro mismo del dolor, al perder a su único hijo, la capacidad de obediencia, su inteligencia, recordemos que María no es sólo una mujer humilde y con dones espirituales, sino además inteligente, supo permanecer en un lugar estratégico al lado de su hijo sin provocar que su imagen fuese motivo de perturbación, conocía cada una de las palabras con las que Jesús le hablaba al pueblo, ya que al ser escogida por Dios mismo, ella resultaría por cierto beneficiada con un desarrollo de los sentidos más allá de lo común.

Estamos acostumbrados a escuchar por parte de la Iglesia la cantidad de cualidades de María y su ejemplo no sólo como mujer, madre, esposa, amiga y compañera, sino además como hija de Dios, pero ¿comprendemos realmente lo que esto significa? Nos extraña de sobremanera el fenómeno de las apariciones en el mundo, y se duda de su veracidad por considerarlas fuera de toda lógica, diciendo muchas veces, que ella ya tuvo su participación y ahora es sólo Jesús. Pero mi pregunta es si el rol que María cumple para con la humanidad es la de una madre que cuida y protege, ¿cuándo termina éste rol?, ¿es acaso el fenómeno de las apariciones una ratificación a éste rol y el querer decir primero que todo, soy y seré madre de toda una raza que me fue entrega para su cuidado y yo humildemente he aceptado?

Cuantos de nosotros daríamos la mitad de nuestra vida, por volver a ver, o sentir siquiera las manos suaves y tersas de la mujer que nos engendró o a lo mejor a sentir el olor de la mujer que sin darnos la vida aceptó ese papel.

Madre, me dijo alguien una vez, no es solo la que da vida, sino la que acepta cumplir esa función más allá de la genética y creo que eso tiene sus méritos.-

Para terminar con esta primera parte de las Apariciones Marianas, veremos la primera manifestación de la ayuda de María hacia la persona del apóstol Santiago, considerada la Primera Aparición Mariana.-

SANTIAGO EL MAYOR, APÓSTOL DE ESPAÑA

De Jerusalén viajó a Santiago, a través de las islas griegas y de Sicilia, hasta España, deteniéndose en Gades.

Dejó en España a siete discípulos y se trasladó, pasando por Marsella, en el sur de Francia, a Roma. Mas tarde volvió a España y se dirigió desde Gades a través de Toledo, a Zaragoza.

Luego, Santiago comenzó a predicar en Granada, fue tomado preso con todos sus discípulos. Pasó grandes penurias e infortunios, en su deseo de proseguir su misión, recurrió a la ayuda de María, que entonces vivía en Jerusalén, rogándoles lo ayudase. Fue librado de modo sobrenatural, él con sus discípulos, de la prisión.

Le fue impartida la orden de María, por medio de un ángel, de ir a Galicia a predicar allí la fe, y luego volver a su residencia en Zaragoza. Más tarde Santiago y sus discípulos son nuevamente perseguidos en Zaragoza. Se refugió junto al río, cerca de los muros de la ciudad; pedía una señal para saber si debía quedarse o huir.

El pensaba mucho en la Santísima Virgen y le pedía que rogara con él para pedir consejo y ayuda a su divino hijo Jesús, que nada podía y puede negarle.

De pronto Santiago ve un resplandor del cielo y aparecieron sobre él los ángeles que entonaban un canto muy armonioso mientras traían una columna de luz, cuyo pie, en medio de un rayo luminoso señalaba un lugar, como indicando un sitio.

La columna era bastante alta y esbelta, de un resplandor rojizo, como vetas de varios colores y terminaba arriba como en un lirio abierto, que echaba lenguas de fuego en varias direcciones; una de ellas iba al Occidente, hacia Compostela; las demás en direcciones diversas.

En el resplandor del Lirio estaba María Santísima, de gran belleza, transparencia y delicadeza. Estaba de pie, resplandeciente de luz, en la forma en que solía estar en oración cuando aún vivía en la Tierra.

Tenía las manos juntas, y el largo velo sobre la cabeza, la mayor parte del cual colgaba hasta los pies, como si estuviera envuelta en él. Posaba sus pequeños y finos pies sobre la flor que resplandecía con sus lenguas.

Santiago, entonces se levantó del lugar donde estaba rezando de rodillas, recibió internamente el aviso de María de erigir una Iglesia en ese lugar; ya que la intercesión de María debía crecer como una raíz y expandirse. María le dijo que una vez terminada la Iglesia, debía volver a Jerusalén.

Santiago, llamó a los discípulos que le acompañaban y que habían oído la música y visto el resplandor, les narró lo demás, y presenciaron luego todos cómo se iba desvaneciendo el resplandor de la aparición.

Luego, Santiago forma un grupo de 12 discípulos, entre los cuales había hombres de ciencia, éstos debían continuar con la obra, tan fatigosa, iniciada por él, todo esto por orden de María.

Luego de la aparición, Santiago junto a sus discípulos comenzaron a construir una capilla en donde se encontraba la columna, dándole el nombre de "Santa María del Pilar". Este fue el primer templo del mundo dedicado a la Virgen.

El lugar, ha sobrevivido a invasiones de diferentes pueblos y a la guerra de 1936-1939, cuando tres bombas cayeron sobre el templo y no estallaron.

Esta maravillosa basílica tiene once cúpulas y cuatro torres. La Capilla del Pilar es el lugar en el cual se sitúa la columna sobre la que se apareció la Virgen a Santiago. Según la tradición era una construcción externa al templo y que luego cuando se reformó el lugar fue integrado en el interior de la basílica.El lugar más sagrado del templo es la santa columna en donde apareció la Virgen, éste pilar es de jaspe, mide casi 2 metros y la pequeña estatua es de madera y tiene 38 cm.
El Papa Clemente XII estableció la fecha del 12 de Octubre para la festividad de la Virgen del Pilar.



GLOSARIO

1.- Testigos de Fe.-

2.- Pieza de algunas cerraduras.-

3.- Aceite consagrado que se usa en la administración de algunos sacramentos.-

4.- Ornamento litúrgico consistente en una faja usada por los Papas y los Arzobispos.

5.- Aureola o círculo de luz.-

6.- Ultima de las cuatro partes iguales en que dividían los romanos el día artificial, y comprendía desde el fin de la novena hora temporal, a media tarde, hasta el fin de la duodécima y última, a la puesta del sol.

7.- Son tejidos de espartos o juncos, también se cubren los suelos de las habitaciones con las esteras.-

8.- No se ha podido establecer el nombre del País de procedencia de los Reyes Magos.





Elizabeth Ramírez, 2006.-

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